Llevo días hablando a medias, callándome cuando el corazón me pedía gritar, escondiéndome bajo las sábanas por si acaso aparecía el monstruo que vi en el espejo ayer.
La única forma que he encontrado para aceptar mi miedo, es escribirlo.
Creo que el Coco se ha apoderado de mi alma, creo que hasta mi corazón le teme, que los pasos que doy tienen pánico de la dirección hacia la que voy.
No sé ni lo que digo, no sé ni por qué hablo, por qué escribo.
La cuestión es que los hospitales me dan escalofríos, que el monstruo del espejo pasa a ser el enfermero que me saca sangre por la mañana temprano. El monstruo del espejo es el que hace que me duela hasta el café, que me sepa mal el agua, que la tostada de aceite deje de parecer tostada de aceite.
Los hospitales debieran ser un lugar calentito, donde el miedo se esfumara porque sabes que allí estarás a salvo, donde el monstruo del espejo se convirtiera en tu amigo y que cuando te diera los resultados de cualquier prueba, te diese un abrazo si las cosas se hubieran torcido y te chocara la mano si en los resultados se hubiesen esfumado los indicios de miedo.
Qué curioso, he conseguido decir algo más que un 'estoy bien' con indicio de mentira.
Creo que lo he conseguido porque este trozo de texto no es algo más que una conversación conmigo misma. Aún así, los hospitales me seguirán dando escalofríos y mañana cuando me despierte, seguiré hablando a medias porque esta es una de las cosas que nunca he sabido hacer bien, hablar conmigo y lidiar con el miedo.