Se ha escrito tanto sobre la tristeza que al escribir esto me siento como una nota desafinada que se intenta ocultar entre una preciosa melodía, la cual puede haber arruinado con su torpe desafine.
La tristeza siempre será como el vecino que se fue un día de casa y que vuelve cada día festivo para ver a los suyos. Hay veces que vuelve y todo el vecindario se percata de ello, veces que vuelve y solo te enteras tú, veces que toca en el timbre antes de entrar por si no le quieres abrir y veces en las que aunque se haya ido nos parece que esté justo a nuestro lado.
Según mi padre, aprendiz de filósofo que aparece para arreglar problemas con sus consejos y mejor persona, lo mejor que puede hacer el ser humano (hasta en los días más tristes) es asomarse por aquel armatoste al que llamamos espejo y convencerse de que habrá miles de personas dando vueltas alrededor del universo pero que hoy le toca luchar (y brillar) a nuestro yo-interior. Mi padre dice entre otras muchas palabras que lo mejor que puede hacer el ser humano es quererse a rabiar haga sol en nuestro interior o llueva... que quizá si hay tormenta o graniza nos cueste un poco más, pero deberemos de hacerlo.
Papá, ¿cómo se quiere alguien si la tristeza le visitó ayer a la noche y de entre muchos destrozos le ha dejado el alma en carne viva?
Papá, ¿cómo puede luchar (y brillar) el yo-interior de alguien si se le caen trocitos de esperanza mientras anda y no tiene agujas para coser lo descosido?
Hace años que mi vida sufre un bucle constante de tristeza, quizá sea porque no le hago todo el caso que debiera a mi padre y me resulta más fácil querer a las personas que quererme a mí misma. Pero por favor, esto que quede entre nosotros porque como bien dije antes... mi padre solo es un aprendiz de filósofo, lo cual querría decir que si se enterase de eso intentaría filosofar más de lo común. Quizás el bucle constante de tristeza fue provocado por mi escasa seguridad y por la necesidad de que alguien (sea quién sea) me recuerde alguna que otra vez lo que valgo (si es que valgo algo) para que intente memorizarlo aunque sea imposible.
Querida tristeza, de ti me quedo con todo lo que has cosido (que no ha sido poco). Tú mejor que nadie sabes que entre tus útiles destacan las tijeras, el hilo de color y la aguja. Y aunque a veces se te olvida en qué momento y para qué debes utilizar estas cosas, alguna que otra vez utilizas el hilo y la aguja para cosernos y las tijeras para cortar el hilo.
De ti también me quedo con lo bonito que me haces escribir a veces. Nunca lo llegaré a entender, pero cuanta más tristeza interior tengo almacenada más llegan mis palabras.
Para terminar quisiera pedirte un deseo, si me descoses el alma... que sea para volverla a coser con más fuerza, pero no me la dejes en carne viva porque duele (y a veces más de lo que eres capaz de imaginar.)
Tiempo de espera.
El monstruo del espejo.
Llevo días hablando a medias, callándome cuando el corazón me pedía gritar, escondiéndome bajo las sábanas por si acaso aparecía el monstruo que vi en el espejo ayer.
La única forma que he encontrado para aceptar mi miedo, es escribirlo.
Creo que el Coco se ha apoderado de mi alma, creo que hasta mi corazón le teme, que los pasos que doy tienen pánico de la dirección hacia la que voy.
No sé ni lo que digo, no sé ni por qué hablo, por qué escribo.
La cuestión es que los hospitales me dan escalofríos, que el monstruo del espejo pasa a ser el enfermero que me saca sangre por la mañana temprano. El monstruo del espejo es el que hace que me duela hasta el café, que me sepa mal el agua, que la tostada de aceite deje de parecer tostada de aceite.
Los hospitales debieran ser un lugar calentito, donde el miedo se esfumara porque sabes que allí estarás a salvo, donde el monstruo del espejo se convirtiera en tu amigo y que cuando te diera los resultados de cualquier prueba, te diese un abrazo si las cosas se hubieran torcido y te chocara la mano si en los resultados se hubiesen esfumado los indicios de miedo.
Qué curioso, he conseguido decir algo más que un 'estoy bien' con indicio de mentira.
Creo que lo he conseguido porque este trozo de texto no es algo más que una conversación conmigo misma. Aún así, los hospitales me seguirán dando escalofríos y mañana cuando me despierte, seguiré hablando a medias porque esta es una de las cosas que nunca he sabido hacer bien, hablar conmigo y lidiar con el miedo.
La única forma que he encontrado para aceptar mi miedo, es escribirlo.
Creo que el Coco se ha apoderado de mi alma, creo que hasta mi corazón le teme, que los pasos que doy tienen pánico de la dirección hacia la que voy.
No sé ni lo que digo, no sé ni por qué hablo, por qué escribo.
La cuestión es que los hospitales me dan escalofríos, que el monstruo del espejo pasa a ser el enfermero que me saca sangre por la mañana temprano. El monstruo del espejo es el que hace que me duela hasta el café, que me sepa mal el agua, que la tostada de aceite deje de parecer tostada de aceite.
Los hospitales debieran ser un lugar calentito, donde el miedo se esfumara porque sabes que allí estarás a salvo, donde el monstruo del espejo se convirtiera en tu amigo y que cuando te diera los resultados de cualquier prueba, te diese un abrazo si las cosas se hubieran torcido y te chocara la mano si en los resultados se hubiesen esfumado los indicios de miedo.
Qué curioso, he conseguido decir algo más que un 'estoy bien' con indicio de mentira.
Creo que lo he conseguido porque este trozo de texto no es algo más que una conversación conmigo misma. Aún así, los hospitales me seguirán dando escalofríos y mañana cuando me despierte, seguiré hablando a medias porque esta es una de las cosas que nunca he sabido hacer bien, hablar conmigo y lidiar con el miedo.
Hablemos de mí... y de ti.
Hoy que nada tiene luz sin ti, hoy que
lo veo todo gris.
Hoy que corrí hacia el mar, para intentar
hablar de mí.
Hoy que nadie sabe lo que sentí, hoy
que hasta quizás hable de ti.
Ya no puedo más, dijiste.
No hubo más silencios, ni más palabras.
No hubo más lamento, ni más
desconfianza.
Sacaste tus maletas y de mi vida
huiste.
Las gaviotas dejaron de sonar,
el cielo hasta dejó de brillar.
La vida jamás volverá a ser igual,
mis sueños contigo debieron marchar.
La luna ya no canta,
ya no brilla, ya no baila.
Jugábamos cada tarde a querernos,
y mala suerte la mía,
que ahora ya ni te tengo.
Vuelve, y vuélvete a reír,
y vuelve junto a mí, y vuelve por aquí.
Y vuélvete a reír.
Acaba de empezar a llover,
pero esta vez no cae lluvia,
sino un par de trozos de lo nuestro,
que dejamos sin barrer.
Esta guerra terminó.
Y a esto,
a esto le llaman amor.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)